Diagnosticada en febrero de 2016

Janis Wadsworth7 de febrero de 2016 - Pasé mi cumpleaños preguntándome cuándo tendría los resultados de mi mamografía.

8 de febrero de 2016 - Justo este día, cuando se cumplían 20 años de la muerte de mi adorada tía Jane por cáncer de mama, recibí mi carta. El diagnóstico era el temor de toda mujer. De repente, los recuerdos de la valiente lucha de mi tía inundaron mi mente. ¿Coincidencia? Hoy no lo creo así.

Luego de una visita rápida a mi obstetra/ginecóloga, quedé abrumada y aturdida. Fueron muchas las cosas que pasaron por mi mente. Estaba a punto de convertirme en abuela nuevamente, por adopción, de mi tan esperado cuarto nieto. ¡De ninguna manera me lo iba a perder! ¿Quién decidió esto por mí?

Me encontraba en la oficina de la escuela donde enseña Jenny, mi hija. De inmediato, encontraron a alguien que la reemplazara y nos marchamos hacia la cita preprogramada con el Dr. Frie, cirujano, quien comenzó una serie de biopsias.

Esa noche, lo único que pude hacer fue permanecer despierta, orar y llorar. Me pregunté una y otra vez por qué me sucedía esto y qué pasaría luego. Pensé mucho en una amiga cristiana muy especial que ha sobrevivido al cáncer de mama y cuya hija también logró hacerlo recientemente. ¡Cuánto deseaba hablar con ella! Era demasiado tarde, así que no la llame.

Y entonces mi teléfono sonó. Cuando atendí, mi amiga Bonnie, en quien había estado pensando, respondió: "Janis, estaba mirando el teléfono y de repente apareció tu nombre sin que el teléfono sonara! ¿Estás bien?". Luego de contarle todo lo que había vivido ese día y orar juntas, nos reímos y pensamos: "¡Dios sí que sabe usar el teléfono celular!".

Los distintos encuentros con la queridísima Carolyn Cook, enfermera coordinadora para salud mamaria, fueron de gran apoyo. Las dudas y preguntas se convirtieron en palabras de aliento. Pude comprender lo que realmente estaba sucediendo. Entendí que Dios ya había trazado un camino para mí. Ahora, tenía un plan de acción y maravillosas cuidadoras que me acompañarían en el camino. El mío conducía a Aiken Regional Medical y a su Instituto de Asistencia de Cáncer. Estaba recorriendo este bendecido camino un paso a la vez. Como por arte de magia, Carolyn me ayudó a adoptar una actitud positiva. Mi nuevo objetivo era hacer sonar la campana de la victoria al final de mis tratamientos.

Todo comenzó a moverse a un ritmo acelerado. Debí completar numerosas biopsias, pruebas de laboratorio y papeleo. Antes de mi cirugía el 26 de febrero, pude sentir las oraciones de mi familia de la iglesia, amigos, familiares e incluso personas de distintos lugares que no conocía. Todos estuvieron allí para brindarme su contención. Este apoyo me dio un coraje inmenso, que jamás había experimentado.

Mientras cumplía rigurosamente con cada una de mis citas, llevaba conmigo una cruz de arcilla que me había obsequiado mi prima cercana, Martha, hija de mi tía Jane. El día de la cirugía llegó y me permitieron entrar al quirófano con mi cruz. Al despertar, la encontré nuevamente en mis manos. Mi hijo e hija me comunicaron la fantástica noticia: ¡el cáncer no se había propagado! Me habían sometido a una lumpectomía.

Las pruebas mostraron que la probabilidad de que el cáncer regresara estaba en la "zona gris". Estaba a dos puntos de necesitar quimioterapia. Como estaba tan cerca del límite, la decisión dependía de mí. Luego de una devota consideración, concluí en que, por el momento, me sometería solo a la radiación. Decisión tomada. Comencé las sesiones de radioterapia el 31 de marzo. Había dado un paso más.

Al principio, la radioterapia puede ser muy intimidante. Estás sola en una habitación, sobre una mesa, con máquinas que hacen ruidos extraños y se mueven a tu alrededor. Mientras yacía allí, aferrada a mi cruz, me imaginaba un insecticida eléctrico. Cada vez que escuchaba el ruido del acelerador lineal, me obligaba a pensar en cómo Dios estaba quitando todo lo malo de mi cuerpo, y me sentía agradecida. En secreto, lo llamaba "el insecticida de Dios".

17 de mayo de 2016 - Mi último día de radioterapia. ¡Listas las sesiones de radiación! ¡Ahora soy una orgullosa sobreviviente del cáncer de mama! Recibí un certificado de finalización mientras el personal de radioterapia me aplaudía. ¡Qué día tan feliz!

No pude hacer sonar la campana de la victoria una sola vez. No. La hice sonar tres veces. Una vez, en agradecimiento a Dios por guiarme en el camino hacia la sanación, y otra vez por el Dr. Ezekiel y todo el Departamento de Oncología de ARMC, quienes me proveyeron el tratamiento y cuidados específicos diseñados según mis necesidades. La tercera vez fue solo por mí. Había logrado sobreponerme a la situación. Había recorrido el camino un paso a la vez. Mi nieto mayor capturó el momento para compartirlo en Facebook y tomó la foto mientras hacía sonar la campana, mostraba el signo de la victoria con una mano y levantaba mi pulgar con la otra. ¡Ahora adoro el rosado! De hecho, ¡el rosado es ahora el color de moda para mí! Me siento muy agradecida con todos los que me ayudaron. Estoy transitando un largo camino saludable hacia la vida, un paso a la vez. Ahora puedo disfrutar de mi cuarto nieto y de verlos crecer a los cuatro, hasta convertirse en hombres.

Cada día, Dios nos presenta distintos caminos a seguir. El mío, afortunadamente, condujo a Aiken Regional Medical Centers y el Instituto de Asistencia de Cáncer. Que tener cáncer no sea un secreto. Cuéntele a los demás lo que está sucediendo para poder recibir su apoyo y la bendición de sus oraciones. Acepte la guía de los profesionales y el plan de acción que diseñen de acuerdo a sus necesidades. Marque un ritmo y continúe avanzando. Este es su nuevo trabajo. Adopten el rosado. Vivan de manera deslumbrante cada día, con un propósito positivo.